Sin tregua ni descanso
Art Velásquez mantiene la fe
por Elisabeth Román
La mente de Arturo Velásquez es tan clara como la de cualquiera que tenga 70 años menos que él. Su entrega a su trabajo y su vocación de ayudar a la comunidad mexicana en Chicago es simplemente admirable. Refleja una fuerza que sólo puede venir de Dios.
“Yo vengo a trabajar todos los días. No me puedo quedar en casa. Es mejor que ver la televisión”, dice Arturo con una amplia sonrisa. Es difícil creer que tiene 92 años y que ha pasado las últimas siete décadas dedicado a su familia, iglesia, negocio y la comunidad mexicana del Sur de Chicago.
Nacido en México, en 1915, Arturo y sus padres emigraron a Gary, Indiana escapando de la persecución contra los católicos, cuando él tenía 9 años. El gobierno mexicano de aquel tiempo buscaba eliminar a los sacerdotes y a miembros de la Acción Católica, un movimiento de laicos. “Mis padres eran muy católicos y se fueron a Guadalajara donde se encontraron con los mismos problemas, así que se vinieron a Estados Unidos”.
Su padre, que tenía un negocio en México, empezó a trabajar en la siderurgia pero pronto regresó a casa, mientras que Arturo y su madre se quedaron en India-na. “Éramos muy activos en la iglesia; yo servía como acólito. Creo que el sacerdote pensaba que yo tenía vocación y me metió en el programa de escuela elemental en Notre Dame. Solamente éramos dos los que hablábamos español en el programa”.
Art estudió en Notre Dame solamente un año. Cuando llegó la Depresión, no tenían comida y su madre decidió regresar a México donde por lo menos tendrían algo que comer. En el camino, el automóvil se les estropeó cerca de Albuquerque, dejándolos varados y sin dinero. Su madre empezó a trabajar como migrante y viajaban entre la cosecha de remolacha en Dakota del Sur y los campos de tomate de Minnesota e Iowa hasta que por fin se trasladaron a Chicago.
Como consecuencia, Arturo acabó asistiendo a 13 escuelas elementales distintas. Consiguió graduarse de primaria en Chicago, pero nunca pudo asistir a la secundaria o a la universidad y fue a trabajar. “Siempre estaba trabajando”, dice sentado en su oficina rodeado de antiguas cajas de música y fotos de su trabajo y de políticos locales y nacionales.
Arturo, que tiene cuatro hijos—Arthur (que fundó y preside Azteca Foods), Carmen (que dirige una clínica popular), María Elena y Edward (que trabajan con él en el negocio de música)—se implicó mucho en el trabajo de los Claretianos en el barrio de las Empacadoras. “Siempre digo que sin los Claretianos la comunidad mexicana no hubiera avanzado tanto como lo ha hecho en Chicago. Los Claretianos los ayudaban a buscar trabajo y un lugar donde vivir. Si los mexicanos necesitaban ayuda, acudían al sacerdote. Siempre estaba ahí para ayudar”.
Cuando se desplazó a los mexicanos para hacer sitio para la expansión de la Universidad de Illinois, Arturo trabajó con los Claretianos para ayudarlos a encontrar hogares y negocios. “Yo ayudaba a la gente a abrir un negocio y ellos me ayudaban poniendo un tocadiscos en su estable-cimiento. Ahora trabajo con el P. Bruce Wellems”, dice el orgulloso abuelo de 11 nietos y bisabuelo de 19.
Arturo, que nunca asistió a la secundaria o la universidad, ha recibido dos Doctorados de Honor por su servicio público de la Universidad St. Xavier y ha servido por 12 años en la Junta Directiva de los Colegios Universitarios de la Ciudad de Chicago. En 2007, ayudó a conseguir fondos de becas con el P. Wellems a través de la Coalición de Paz y Educación de Empacadoras. En marzo de 2007, la Casa de Representantes del Estado de Illinois pasó una resolución agradeciendo a Arturo su servicio a la comunidad.





